¿Qué pasó? Una situación especial me llevó en la década del sesenta a recalar transitoriamente en la tierra de mis mayores y si bien realicé cortos viajes a otros países europeos, fue la ciudad de Milán la que me albergó, primero por un tiempo fijo y luego en repetidas visitas anuales a una Europa que, si bien aún mostraba algunas cicatrices de una no muy lejana confrontación bélica, había ya renacido de sus cenizas. Tal el caso de Italia, que gracias al astuto aprovechamiento del Plan Marshall y a la cultura laboral de su pueblo, había alcanzado ya para entonces un envidiable bienestar, luego de transitar los primeros años de un “nuevo sentir proletario” muy bien representado en la ficción por Peppone y Don Camilo, y en la realidad por férreos militantes del Partido Comunista, que concurrían los domingos a cumplir con el precepto cristiano de acercarse a Dios y escuchar misa y que se embarcaban en cualquier otra práctica que sirvieran para asegurarse un mejor futuro, llevados por la experiencia ganada en siglos de civilización.. Pocos años antes, habíamos vivido en la Argentina la llegada de lo que yo siempre califiqué como “el segundo conglomerado de inmigrante”, que incluía a cierta cantidad de “ingenieros desarmistas” que poco y nada tenían en común con los laboriosos“contadini” que arribaron a nuestro suelo a fines del siglo XIX y comienzos del XX., entre los que estaban mis antecesores, que llegaron con una mano atrás y otra adelante en una hedionda tercera clase, procedentes – en mi caso-la mitad desde el reino de la “Madunnina d’or” y el otro cincuenta por ciento “della regione del Piemonte”. Del encuentro de sus descendientes nacieron mis padres y por supuesto luego yo: Argentino de segunda generación pero con ciento por ciento de sangre itálica. En la vereda de enfrente de mi experiencia europea, yo contaba para entonces en mi haber, con dos cortas visitas a España que no fueron más allá de Madrid y alguna que otra ciudad cercana. A esta altura del relato ¿Ustedes se preguntarán a que viene todo esto?, bueno, les cuento: sucede que estando yo establecido en Italia, jugaron un partido de fútbol en la ciudad de Nápoles, el seleccionado “azurro” y el español. Un “amistoso” en que cada equipo contaba entre sus integrantes, con un jugador argentino, Francisco Loiácono en el italiano y en el equipo galaico, la “Saeta rubia”, el porteño nacido en Barracas, Alfredo Di Stefano, que desde 1956 había adoptado nacionalidad española. Yo me encontraba, en esa fría tarde de domingo, en Milán - instalado frente al televisor – y rodeado de amigos italianos, después de haber “devorado” una “polenta con maiale”, rociado de vino “Inferno del Piemonte”. Dentro de ese entorno itálico y con sangre de igual origen que corría por mis venas, inexplicablemente yo “faceva il tifo” (digamos “hinchaba” ) por la escuadra española. ¿Por qué? - A ciencia cierta nunca lo supe, pero creo que esa instintiva actitud fue el resultado de haber privilegiado la cercana cultura adquirida en “Mi Buenos Aires querido”, ese mismo al que le cantó Carlos Gardel para refrendar sus lazos indisolubles de porteño empedernido, porque el “criollismo” del Morocho del Abasto, siempre fue una expresión “for export” de su original manera de encauzar el “marketing”, que ocultaba al francés que llevaba dentro de él y que no pudo ahogar cuando compuso y cantó con lágrimas en la voz, el tango “Silencio”. En mi caso, la célebre “voz de la sangre” había sido superada por ataduras que me ligaban a un reciente pasado educativo, a recuerdos de mi crianza como hijo de padres argentinos, el afecto por la lengua en que precisamente aprendí a decir Mamá y Papá, al lejano recuerdo de una letra de tango y al sabor adormecido de las calles de mi barrio. Lo cierto es que yo deseaba, esa tarde, que ganaran los “gallegos”. Finalmente el resultado marcó un “empate” y entonces cierta sensación de tranquilidad se apoderó de mi espíritu. Sin embargo, el conflicto creado perduró en mí, por mucho tiempo. Vaya al toque una referencia a la calidad de los conocimientos que para ese tiempo, los argentinos bebíamos en las distintas etapas de una enseñanza pública y gratuita. Los conocimientos que adquiríamos en materia de “cultura general” era tan amplios que los europeos se extrañaban de cómo nosotros conocíamos su historia, su geografía y las obras de arte que los rodeaban. Pasaron muchos años, casi cincuenta, durante los cuales exprimí mi pobre cerebro buscando explicación a algo que a primera vista aparecía como incomprensible. La clave la encontré en el momento de comenzar el partido de fútbol jugado recientemente por esos mismos dos seleccionados, con motivo de la “Eurocopa 2008”.y que viví por televisión desde Buenos Aires. Ese día sentí que todo había cambiado y “cinché” por los “azurri”. Algunos dirán que cambié por aquello de que “La cabra al monte tira” y quizás tengan razón de hacerlo. Al momento de valorar los sentimientos, ya en la recta de la vida y con el disco cada día más cerca, primó en mí, el recuerdo de mis abuelos, valoré la valentía de su gesta y me sentí obligado a agradecerles que hayan engendrado a mis padres, dos seres que fueron capaces de hacer de mí – por lo menos – una persona decente, sin envidia y sin maldad. No se si soy bueno, sólo se que no soy malo. Es comprensible que con el correr de los años, las cosas fueron cambiando y mis sentimientos también. Sin embargo no dejo de pensar en que aquella cultura que me enseñaron desde pibe, va muriendo poco a poco por culpa de una globalización que aniquila recuerdos, minimiza sentimientos y materializa toda razón de ser, a la vez que nos hace sentir que “Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo, todos manoseaos”. |
¡Alguien que nos ayude! ¡Estamos inflados! Hay cientos de formas de clasificar a las personas. Podemos hacerlo en forma económica, con losa tipos de clases (ABC1, C2, C3, D y E), o en aquellos que saben leer y escribir y aquellos que no; o en razas, o en muchas otras que solo sociólogos y psicólogos entienden. Hoy por hoy, en Chile, creo que la mejor forma de clasificarlos está entre aquellos que les está afectando la terrible inflación que tenemos, o aquellos que no les molesta tanto. Los primeros, somos mucho más de la mitad del país, de hecho, tranquilamente se podría hablar del 80% o 90% de la nación; el resto no lo está pasando tan mal, así que, por tanto, enfoquémonos en el gran grupo de los afectados. Hasta hace un par de años atrás, yo podía ir tranquilamente al supermercado y comprar un kilo de arroz por unos $500 o $600 pesos (poco más de US $1 dólar), hoy esto ha cambiado, el mismo kilo cuesta cerca de $1500 pesos (cerca de US $3 dólares), es decir, ha triplicado su precio. Lo mismo con algunas legumbres, hace un año, el kilo de porotos costaba alrededor de $900 pesos, hoy debemos pagar $1800 por el mismo producto. Para qué decir el kilo de pan –que orgullosamente lo digo, somos uno de los países que más consumen este producto en el mundo-, el cual yo iba a comprar con 300 pesos, y medaban alrededor de unos 5 o 6 panes (suficientes para toda la familia), hoy sólo puedo comprar 2 o 3. Todos estos productos, que antes eran de consumo diario en casi todas las casas de nuestro país, se han vuelto un verdadero lujo, pero triste es que debemos seguir comprándolos, a pesar de que los sueldos no crecen, ni mucho menos las ofertas de empleos. Pero claro, eso no es lo único que pasa por acá. Si vemos como la causa más importante de este fenómeno de inflación (que bordea el 10%, y que este mes ya es del 2%), el tema del alza del petróleo a nivel mundial, podemos entender que la cosa es mucho más grave que sólo lo referido a alimentos, pues afecta a todo el sistema económico, ya que todo lo relacionado con transportes sube. Veamos un ejemplo, si yo soy fabricante de bicicletas, el costo de las mismas subirá por concepto de traslado de las piezas de la fábrica de las mismas, a la parte de ensamblaje; luego se le sumará más dinero por concepto de traslado de las bicicletas a las tiendas. Estas tiendas deberán subir también los costos, porque la electricidad es un bien carísimo hoy en día en Chile, y todas estas alzas se traducirán en un incremento de un 50% aproximadamente del producto, el cual, claramente, se traduce en un aumento del precio para el comprador. Esto pasa con todo, desde los alimentos, a los electrodomésticos. Aunque para peor, esto no es el único problema –porque claro, nada puede ser así de “fácil”, ¿cierto?-. Chile ha pasado últimamente por dos procesos naturales que han devastado el crecimiento agrícola. Por una parte tuvimos unas heladas que generaron la muerte de una buena fracción de las hortalizas, para luego convertirse en la peor sequía que hemos tenido en 10 años. Todo esto ha generado un desabastecimiento tremendo en el mundo del agro, lo cual se ha traducido en la necesaria importación de productos del extranjero, que nuevamente vemos ligado al petróleo, y por lo mismo a un alza de precios del porte del Titanic. Pero claro, no le echemos toda la culpa a lo que pasa en el mundo, si mal que mal, son muchos los países que han pasado por lo mismo, pero que de todas formas no se han visto tan afectados como nosotros. De hecho, la canasta para calcular el IPC de Chile, no es muy distinta de la de Perú, sin embargo el país vecino nos gana por lejos en cuanto al atractivo para invertir, puesto que su crecimiento es del 8% (a diferencia del nuestro, que con suerte se mantiene en el 2%), y su tasa de inflación es del 4,3%. Entonces, ¿en qué nos estamos equivocando? Las respuestas son tan diversas, como discutidas. La primera, y más clara, dice relación con la excesivamente tardía respuesta del Banco Central para manejar las tasas de inflación: fue demasiado optimista en el pasado, y por lo tanto actuó cuando el problema ya estaba instalado. El segundo problema, radica en que el Estado sigue gastando mucho (cada año aumenta cerca de un 10%), esto por el gran crecimiento del precio del cobre, y por tanto del patrimonio económico de Chile. Sin embargo, este gasto podría entenderse en un país con un crecimiento alto, cosa que claramente no estamos viviendo por estos lados del mundo. Y claro, hay un último punto que quizás sea mejor tratar aparte: el sistema económico chileno. Nuestro país tiene uno de los sistemas económicos más liberales del mundo (importado directamente por los conocidos Chicago Boys). Esto significa, que estamos excesivamente abiertos al mercado internacional, lo cual nos benefició muchísimo en la época de los ’80 y ’90, pero que, hoy por hoy, ha significado que hemos absorbido los precios internacionales demasiado bien, por lo que las alzas en el mercado, significa un alza en el precio de los productos, lo cual se traduce en que el comprador final, debe pagar costos excesivos por cualquier cosa que compre. Tristemente, el chileno ABC1 y C2, no le afecta mucho este tipo de lógicas en su vida diaria: siguen ganando suficiente dinero para no hacer grandes “apretadas de cinturón”, y mantener su nivel de vida y gasto relativamente igual a como la han tenido siempre. Pero para el resto, el grueso de la población chilena, esto no es tan fácil: todo sube, pero los precios se mantienen. Asimismo, como las empresas se mantienen sin posibilidades de invertir, no contratan a nuevos empleados e incluso despiden a los que ya tienen, con el fin de abaratar los costos de sus productos; esto genera que a la larga, se incrementa una gran incertidumbre social con respecto a los empleos: los que lo tienen, temen perderlos, los que no, no logran encontrarlos. Estamos mal señoras y señores, las medidas se han tomado tarde, pero estas no se traducen en que los precios bajen. Al final nos queda, como dijera Edmundo Pérez Yoma, “apretar los dientes”, y esperar a que todo esto pase, porque de esto no hay salida fácil, lo que se debió haber hecho no se hizo, y ahora sufrimos por eso. Estamos hasta el cuello, y sólo nos resta tener esperanza y esperar un mejor 2009. |
Había una vez . . . una salud . . . Cuando formé parte del personal del Hospital de Aluminé en la década del 70, éramos poquitos, para multitud de pacientes. Trabajábamos a destajo, con dedicación exclusiva. No existían consultorios privados. Cuando un paciente requería un tratamiento que no se le podía brindar, era derivado en la ambulancia. Si estaba averiada o faltaba combustible se recurría a Gendarmería, o de alguna manera se lograba llevar al paciente a San Martín de los Andes o a Neuquén, eran casos de vida o muerte, poco más o menos. Durante mi visita al pueblo en el último mes de marzo, comprobé que en el Hospital hay muchos más empleados de Salud Pública que pacientes. Al principio no entendí qué pasaba, hasta que llegué al “Instituto”, como cariñosamente llaman a la delegación del ISSN. ¡Allí estaban! Solicitando muy estoicamente la orden para los pasajes a Zapala, eran todos derivados. Según el caso, van con acompañante, a quien también se le extiende orden de pasaje y viático. Algunos esperaban reintegro por la estadía que costearon de su bolsillo. Hay que ir varias veces, esperar la autorización que llega no sé cómo, desde no sé donde. Los pacientes “en vías de derivación” estaban muy saludables a simple vista, subían y bajaban cuestas todas las veces que resultaba necesario. No son como aquellos derivados que iban con la camilla y el suero, por ejemplo; no, nada que ver. Como soy curiosa, recorro, hablo, pregunto, escucho los anuncios por la radio, supe también que concurren a Aluminé con periodicidad, diversos especialistas, que atienden en los consultorios privados, y que los turnos son vorazmente cubiertos. Entonces, perdón por mi ignorancia, ¿y si se cruzan? O sea, ¿y si mientras los médicos vienen para acá, los pacientes están yendo para allá? Digo... pavadas que se me ocurren, pero debe haber, sí muchos desencuentros, seguramente, porque tratando de entender un poco más estas cuestiones de la salud, me instalé un rato a observar qué pasaba en la ventanilla expendedora de pasajes de la Estación terminal de ómnibus. Como imaginé, había cola, todos con sus papeles logrados tras pacientes esperas en el Instituto. Sólo la primera persona logró su pasaje, no quedaban más. Claro que acabábamos de gozar de la Fiesta del Pehuén y la Semana Santa, ambas coincidentes, más el inolvidable 24 de marzo, en el que en el año 76 se extendió la prohibición del uso de pantalones al personal femenino del Hospital, detalle que recuerdo porque tal disposición es tan cómica y desubicada como chupete en el culo. Entonces la gente decía “pero tengo turno para mañana” “pero pasaje no hay, arréglese con el instituto”. Incrédula, veía todo esto como una pesadilla, sólo que todavía no pude despertar. Decantando de a poco todo lo que fui viendo, y oyendo, y por mi cuenta, imaginando, volví a La Matanza, en medio de la protesta del campo, con alimentos faltantes, y los que no faltan cuestan el doble. Y aquí también enciendo la radio, y en Radio Argentina, AM 570, escucho en un reportaje al director del hospital de Bermejito, en Chaco, diciendo que más de la mitad del presupuesto, que es de treinta mil pesos, se gasta en derivaciones a centros de mayor complejidad. El resto es para pago de salarios y mantenimiento del Hospital. ¿Y para las prestaciones de salud? ¿No es para la salud que está el hospital y su personal? Ahí recién “me cayó la ficha”, ¡qué lenta soy!, y me alarmé de veras. No era una cuestión aluminense, ni siquiera neuquina, sino que a nivel nacional ( y calculo que también a nivel Latinoamérica, porque para jodernos no miran los límites, esas rayitas de puntos en el mapa), se ha ido paulatina e insensiblemente, para los habitantes del lugar, pero muy notoriamente para los que hemos pasado largos años en otras latitudes y de repente volvemos, se ha ido, digo, traspasando el presupuesto que era destinado a la salud, de modo tal que ahora va a engrosar las arcas de empresas de transporte automotor, hoteles, restaurantes, profesionales privados, etc. etc. Sería algo así como una empresa de Turismo, que organiza “city tours de salud” Entonces yo pienso, ¿para qué sirven los hospitales de las poblaciones del interior de las provincias? ¿Para certificar las derivaciones? He llegado a la triste conclusión de que sería conveniente cerrarlos, y que la gente vaya a atenderse a donde le plazca sin humillarse durante horas malgastadas en trámites burocráticos que hay que rehacer cada vez que faltó un sellito, un punto y coma, o un pasaje. Claro que sin estos papeleos quedarían sin empleo las personas que atienden en el instituto, que tengo entendido que son tres, pero nunca tuve el placer de encontrar el “plantel” completo. O por qué no, mejor aún, cerrar el pueblo y que todos se muden, y vuelvan como yo, a disfrutar sus vacaciones en el Paraíso Neuquino. No sé, estoy desesperada. Cómo pueden usar el presupuesto que es para la salud pública, o sea del pueblo, o sea de usted que lee esto, de todos, para algo que no tiene nada que ver, porque toda la plata gastada en burócratas y pasajes y estadías se invierte mejor incorporando especialistas al hospital. Todo este asunto me recuerda a un desagradable aviso publicitario, que mostraba a un señor que entraba a un baño público, y como los mingitorios estaban muy altos, fue a buscar un par de zancos. ¿Ustedes, qué piensan? No es mejor bajar los mingitorios? Como dijo Nimo, el pintoresco árbitro de boquilla y corbata rimbombante, POR LO MENOS, ASÍ, LO VEO YO.
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No siempre todo será igual, se espera un cambio En esta situación lo más importante llegado a este punto es definir con la mayor precisión posible cuando es que se producirá el cambio de escenario actual hacia ese pronosticado aunque es casi definitivo que ocurrirá. Sabiendo de ante mano que esto va a ocurrir, entonces deberíamos actuar desde ya con un comportamiento preventivo. Lo que sucederá desde aquí hasta el próximo año 2009, parece evidente que no va a cambiar, pero lo que es deseable es que se apliquen lo más rápido posible algunas medidas preventivas ante el inminente cambio de contexto externo, pero parece poco probable que ocurra. Es seguro que hasta el 2009 inclusive, tendremos más de lo mismo y en lugar de realizarse correcciones de los problemas evidentes que se van produciendo, la tendencia será a agravarlos. Detallo los problemas: ·Nos hemos vuelto muy caros en valores del dólar (pérdida de competitividad). ·El costo país sigue siendo muy pesado a consecuencia del elevado e inflexible gasto público. Lo que se hace imprescindible es la aplicación de ajustes en la actual política económica. Es aquí donde se vuelven importantes las siguientes preguntas a responder: En que momento hacer esos ajustes o medidas a tomar, cual es el volumen que deberían tener y de que forma hacerlo en la práctica. Momento para hacerlas: Lo más seguro es que el ajuste se difiera hasta el 2010, en ese caso el 2009 se parecerá mucho al 1999, un año electoral que tiene un gasto que sube y que se da un cambio en el contexto internacional que lo vuelve más adverso. Cuál debería ser el volumen: Tiene dos variables, la magnitud de la inconsistencia de las políticas internas y los márgenes que nos dé el resto del mundo. Internamente cuanto más suba el gasto público, más flexible se vea en las próximas negociaciones salariales y más solitaria se mantenga a la política monetaria-cambiaria en la lucha contra la inflación, entonces mayor será el ajuste a realizar. En este caso más pesada será la carga a llevar y mayor será la pérdida de competitividad, es que el cambio real extra regional ya está por debajo del 18% del promedio histórico. En lo referido al contexto internacional, la variable clave es el nivel de los precios internacionales relevantes, en términos de dólares, en el que aún tienen importancia nuestros vecinos. Nuestro Producto Bruto Interno (PBI) real sube y baja junto con el nivel de precios en dólares del resto del mundo que es relevante para nuestro país. Si la deflación internacional en dólares es moderada, el mundo nos habrá de seguir ayudando y nos permitirá ajustar menos o con mayor gradualismo; de lo contrario, nos obligará a hacerlo en mayor medida y de modo más rápido. Siempre habrá de tenerse presente que además de la tendencia es muy importante el nivel de la variable de que se trate y la situación actual de los precios internacionales en dólares es muy satisfactoria. La forma de hacer el ajuste: Para ello se necesita previamente, tener en cuenta cuán vulnerable está el país ante aspectos sociales y fiscales y financieros. En este caso el diseño del ajuste debe tomar en cuenta esas situaciones. Se ha progresado enormemente desde la crisis del 2002, pero aún no estamos mejor que antes de que se produjera años atrás. En términos sociales, la pobreza ha retrocedido desde el año 2004, cuando se alcanzó el máximo, pero aún está un tercio por encima del 2001. En materia fiscal y financiera, y tomando como base al indicador de deuda sobre PBI (es decir la deuda neta de activos externos, y producto ajustado por tipo de cambio real extra regional), al final del 2007 se estaba en el mismo nivel del cierre del 2001. Sin embargo, la situación es hoy relativamente mejor: la deuda está menos dolarizada, tiene un mejor perfil de vencimientos, la situación fiscal es mejor a la de entonces, el PBI crece en vez de caer, el tipo de cambio real está bastante menos alejado que entonces del promedio histórico y finalmente, no existen hoy fundamentos para una crisis bancaria como la que sobrevino luego. Entrando en la respuesta entonces, cómo ajustar: El ajuste debería tener tres componentes fundamentales: En primer lugar un ajuste al gasto público que en principio sería positivo retornara al 25% del producto, reduciéndose desde el actual valor del 28% en el que lo ha situado la actual conducción económica. El valor del 25% es el valor que lo dejó la administración anterior y es comparable con el 27% de mediados de la década de los noventa, antes de que la reforma previsional puesta en ejecución en abril del año 1996 entrara a generar ahorros y en momentos en que el mayor porcentaje de la inversión en vialidad se encontraba dentro del presupuesto. En la medida que los ajustes se retrasen existirá mucho menos margen de libertad para plantear la estrategia al momento de realizarlos. El gran error ha sido no haber actuado contra cíclicamente en el auge de la economía, lo que le quitará la faculta de hacerlo cuando ya el auge haya desaparecido. En la medida que la política fiscal se la acompañe por una política salarial prudente y ésta por una política cambiaria que lo haga propicio, se conducirá a un tipo de cambio de equilibrio, algo por encima del actual y del que habrá en ese preciso momento. Es que la actual diferencia entre el tipo de cambio y su nivel de equilibrio tenderá a ampliarse con el cambio de escenario externo y por la combinación de políticas a aplicarse de aquí al próximo año 2009. Se debería institucionalizar una regla básica fiscal que tenga en cuenta el ciclo económico, de modo de terminar con esta historia de políticas procíclicas que tienen mucho más contenido político populista que técnico y que a su vez causaran problemas graves de futuro al país que las aplica. Únicamente una nueva administración económica puede tomar esta iniciativa de tal forma que logre el consenso o tal vez unanimidad. Es que si un gobierno que recién asume llegara a proponer una política fiscal restrictiva, los partidos de oposición deberían acompañar esta postura con el fin supremo del bienestar general de la población. |
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